TRAZOS Y BROCHAZOS DE UN MURALISTA PORTEÑO. Alfonso Ruiz Pajarito

“Casi no hay pared de Valparaíso donde no haya pintado alguna vez”, cuenta sin aspavientos Alfonso Ruiz mientras caminamos por el plan porteño. Quien habla ya tiene 62 años y ha pasado buena parte de estos pintando muros con mensajes y figuras que queden a la vista y juicio de quien transita por estas calles.

Acaso del mismo modo que los jóvenes graffiteros y muralistas que croman las paredes del añoso puerto, Alfonso Ruiz es más conocido por su apellido materno: Pajarito. Es su sello. Su firma. Para muestra un mural. Caminamos hasta la esquina de calle Francia con Independencia. La pared pertenece al Liceo Técnico Femenino. Allí, se aprecia una monumental mujer mapuche pintada por un grupo que Pajarito integró. “Le está faltando retocarla”, comenta. Es que el mural es así, efímero. Un día viene alguien y lo tapa con carteles o pintura; un día se gasta con el sol y el viento húmedo del Pacífico; un día, cuando la tierra late con furia, la pared se desploma.

Pero ahora que nos detenemos en este cruce, noto algo en el mural de la mapuche. Así como en decenas más donde ha intervenido Pajarito. Puede ser el Allende de la calle Almirante Montt. O alguno borrado, años atrás, dedicado al Gitano Rodríguez en calle Condell. O los personajes porteños de los pilares de la Vía Elevada en avenida España. Es algo en los rostros. ¿Serán los detalles poéticos que hacen trascender a los personajes? ¿Será el uso del color? “Yo más bien me considero un colorista, ya que todo lo soluciono con color”, señala, y evoca: “Creo que eso viene del período de la UP, de sus afiches, de la BRP… Nunca pude divorciarme de la vitalidad del color”.

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Mural Liceo Técnico Femenino, Valparaíso

El último rayado

La historia comienza con trazos leves. Pajarito nació en la calle Hospital del cerro Alegre, de una familia numerosísima. Fue el penúltimo de 12 hijos. “Yo era un cabro de cerro, palomilla, no me gustaba estudiar. Me encantaba ir a las quebradas a jugar”, recuerda. La mirada política lentamente la comenzó a construir en la escuela Pedro Montt, de plaza Bismarck. El director era Carlos Andrade, quien más tarde sería regidor y diputado comunista. A finales de los años 60, el adolescente Alfonso Ruiz empezó a acercarse a la organización social del cerro, como los clubes deportivos, que estaban principalmente en manos de gente de izquierda. “Mi familia era proletaria pero de ese tipo donde no se habla de política; fueron mis hermanos mayores los que comenzaron a juntarse con los viejos, a jugar brisca y conversar mucho, por ejemplo, de política”, añade Pajarito. Para él, un hecho esencial fue la campaña de Salvador Allende en 1969. Esencial y curioso. Más allá de su simpatía por la UP, por lo menos en esa época, nada parecía adelantar el horizonte artístico de Ruiz Pajarito. “Mi hermano Tito era muy buen dibujante; con él adornamos las planchas que sirvieron como letreros de propaganda, en el vehículo de Julio Aravena, que era presidente de la junta de vecinos del barrio. La idea era hacer cosas bonitas para que la gente se adhiriera a ese proyecto”.

En ese mismo período comenzó a militar en las Juventudes Comunistas y por la experiencia de la camioneta fue asignado al área de propaganda. “En esos años no faltaba porqué rayar”, cuenta. “Poníamos mensajes, con letras gigantescas, donde ocupabas todo tu cuerpo para pintar. En la brigada había trazadores, rellenadores y fileteadores. Siempre fui trazador, que era el que hacía las letras”. Se detiene un momento y medita: “Yo no tenía conciencia aún pero siendo brigadista aceras el pulso y ya no te inhibes con ningún espacio. Ese fue el primer acercamiento a lo que vino después, porque no tenía en mis planes ser muralista; yo sólo pintaba letras. Sin embargo, esto fue un ejercicio extraordinario para soltar la mano, educar el ojo y calcular las proporciones”, recuerda y sentencia: “Pura praxis”.

Además, en aquella época no había espray ni rodillo. Pura brocha nomás. Las letras se pintaban con una preparación de tierra de color y penca de tuna remojada, que generaba un líquido viscoso, cuenta.

Una década después, el joven Pajarito, durante una reunión de brigada, se puso a copiar sobre una mesa la imagen de un niño en alguna campaña de alfabetización, desde un ejemplar de la revista Ramona. El detalle interesó a una compañera que le ofreció alguna gestión para ingresar a la Escuela Municipal de Bellas Artes. Era 1973. Lo que ni ella ni Pajarito conjeturaban es que la invitación quedaría pendulando por los acontecimientos que se precipitaban. “Creo que hice el último rayado en Valparaíso, antes del golpe. Fue la noche del 10, en un cierro perimetral donde hoy está la catedral. Era un llamado a impedir la guerra civil”.

Luego vino el 11 y Pajarito vivió la prisión política, primero, a bordo del Lebu, tras presentarse voluntariamente ante las autoridades de facto y, otra vez, en noviembre, donde permaneció un mes en prisión en la academia de guerra. En ambos casos fue golpeado y torturado. También fue despedido de su empleo en la Tesorería General de la República. “Yo no tengo problemas en hablar estos asuntos con quien venga; que las experiencias que uno ha tenido sirvan de algo, al desarrollo de las peleas que vengan a futuro”, declara.

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Una paloma en la pared

Marzo 1974. Paradojalmente, la cesantía le permitió ahondar en un asunto que había quedado en almacenamiento temporal: La opción de estudiar en la escuela de Bellas Artes. Tenía 22 años. En la institución conoció con detención el muralismo mexicano, a Guayasamín, a Edvard Munch y el período azul de Picasso, que cita como influencias… “Así como “La Libertad guiando al pueblo” de Delacroix… Yo siempre me he reconocido como parte de la clase trabajadora, como ente político; entonces todo lo que uno haga está calibrado así”, cuenta.

En 1978 obtuvo una ayudantía en la escuela pero, un par de años después, tras una manifestación callejera por el plan porteño, Pajarito fue relegado a la minúscula ciudad de Fresia, bien al sur, en la región de los Lagos. “(En los años 80) El espray fue muy útil para la clandestinidad. Era rápido y uno lo podía meter en la chaqueta”, rememora. A mediados de esa década, fue detenido nuevamente en una comisaría del cerro Alegre a raíz de un rayado. Ya en la celda, para pasar el rato, con un clavo, se puso a dibujar una paloma en la pared. Pensó que no lo verían. Semanas después, los carabineros lo volvieron a detener. Esta vez lo identificaron: Este es el de la paloma.

Junto con ejercer diversos oficios, fue a fines de la dictadura donde Pajarito comenzó de lleno su trabajo pictórico, pintando las escenografías para algunos actos, como el de Chile Crea, así como un mural en la junta de vecinos de la población 18 de Septiembre, quizás su primer trabajo. Vendrían más en los cerros Alegre, Mariposa y Yungay. “Hay 2 cosas muy fuertes en mi: Lo político y lo artístico. En ocasiones, la primera se sobrepone a la segunda. Yo perfectamente pude ser un pintor de caballete o tirar pinturas para galerías de Santiago pero como estaba metido en la cuestión política, lo otro no lo desarrollé, por la urgencia de los momentos políticos… Pero he tenido grandes satisfacciones como haber trabajado con la población en la recuperación de la democracia”, reflexiona.

Socializar la idea

Desde esos años hasta hoy, a Pajarito se lo ve pintando constantemente en Valparaíso y alrededores. Esta semana, por ejemplo, se marcha a la escuela de Quintay para un mural que le han encargado acerca de la historia de esa caleta y su antigua ballenera. Se desdobla entre el mural militante comunista y aquel que le piden por encargo, aunque aclara que nunca ha ganado plata con el mural.

Le digo que es detectable su mano en los trabajos donde interviene ¿Reconoce un estilo? “Nunca me he propuesto lograr una forma definida en pintura. Ha ido fluyendo nomás. Creo que uno tiene cargas desde niño, emocionales, que nunca lo dejan. Así como la formación o la no-formación que uno posee porque, a fin de cuentas, la mía es la de cualquier hijo de vecino”, responde.

Le pregunto por la la relación entre el trabajo colectivo de una brigada muralista y el sello que cada director artístico le pueda dar. “Esa es la diferencia abismante entre el trabajo de los graffiteros con el nuestro. Ellos hacen su trabajo en la calle y se interpretan a sí mismos. En cambio, el de los muralistas es un trabajo para los demás; es la socialización del trabajo artístico. Acá no existe el yo sino la comunidad de esfuerzo; existe la socialización de ideas y la participación, por ejemplo, de niños o de gente sin conocimiento artísticos”, señala. “No sólo se socializa una idea sino que una forma de trabajar; por ejemplo, la persona que sabe más, por práctica, va traspasando aquello de generación en generación de muralistas”. Y añade: “El trabajo de un director artístico, por así decirle, es incorporar las diversas capacidades de las personas al trabajo colectivo”.

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Vía Elevada, Avenida España, Valparaíso

Valparaíso de color

Alguien me acota que existe un símil entre el trabajo del/la muralista y quienes trabajan en la construcción. Por el armado de andamios, llevar escaleras: El esfuerzo físico. O poner el cuerpo en definitiva. Pajarito tiene su opinión: “Víctor Jara no se equivoca… Unos tiran color, otros construyen casas y puentes; en todos los casos, se trata de construir formas de vida, de subsistencia”. El hombre es un creador.

Pero hay algo más sobre aquello de poner su cuerpo. Por si las anotaciones biográficas de líneas anteriores no fueran suficientes, Pajarito puede narrar a lo menos 2 accidentes con fracturas de cuidado. Una de estas, en Quilpué hace pocos años, lo dejó con esguince cervical. Por centímetros no queda parapléjico. “El mural es una forma de manifestar donde uno pone todo, así que uno convive con el riesgo”, sentencia calmadamente. Además, señala, que por poner el cuerpo, otros han muerto, como el brigadista Salvador Cautivo, asesinado por carabineros en Arica, en 1988.

Desde 2007 hasta marzo del año recién pasado, Pajarito trabajó como empleado del departamento de Cultura de la municipalidad de Valparaíso. En ese contexto, realizó murales en algunos liceos y cerros de la ciudad-puerto. Uno de sus trabajos más vistos es aquella serie de retratos de personajes porteños en los pilares de la vía elevada de la avenida España, a un costado del edificio de la Universidad Católica. Allí se divisa a Neruda, Lukas, Aldo Francia, al Negro Farías, Gitano Rodríguez y Mary Graham, entre otros. Sin embargo, el artista pintó adicionalmente a personajes del pueblo como el fallecido Loro del Wanderers, así como a un grupo de aseadoras con sus tradicionales trajes reflectantes anaranjados. En ellas, hay detalles que quizás al transeúnte se le pasen por alto: Mariposas sobre las manos de las mujeres. “Son nuestras definiciones: Estar con el pueblo”, sostiene. “Yo estaba pintando y pasaban ellas, que son parte de Valparaíso; entonces, es simple: Hay que ponerlas… Cuando terminé ese mural estaban felices, bajaron con sus familias, desde el cerro; se sacaron fotos. Mira, si lo vemos bien, los personajes de Valparaíso (como Neruda) escribieron sobre el pueblo de Valparaíso”.

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Vía Elevada, Avenida España, Valparaíso

Sí, Valparaíso… La ciudad de los murales, como alguien le ha denominado ya. En sus muros, escalas, pasajes y hasta en rincones insospechados hay colores, formas y mensajes, firmados por centenares de artistas.

“En Valparaíso los muros de contensión del terreno están por doquier, entonces, la ciudad es un muestreo de pizarras donde puedes intevenir…. La pared de un cerro se ve desde otro. Valparaíso nació para ser pintada”, dice.

Sin embargo, como apuntábamos al inicio, ocurre algo paradójico con el mural (político) en el puerto. Algunos han sido pintados para preservar la memoria de algún caído en dictadura pero su mismo material y soporte padece las vicisitudes climáticas (y humanas). Por eso, desde hace algunos años, Pajarito piensa en otra técnica, como el mosaico, que preserve por más tiempo esas composiciones en las paredes.

Pero eso es materia para otro mural, perdón… Para otra historia.
Pincelada final.

(publicado por revista Punto Final, editado por formasdellamar.wordpress.com)

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